viernes, 29 de enero de 2010

Ponencia para la venida de Morris Berman a Chile - Enero 2009

Revisando la Trilogía sobre la evolución de la Conciencia



Para esta compleja y fascinante obra se hace necesario tener un punto de partida simple, sobre el que se pueda iniciar la compresión y aprehensión de la misma, en vista de una revisión personal de aquellas ideas que se pretendían transmitir. Estando la obra trilogizada y al ser de gran extensión, aquella tarea se hace aún más compleja, puesto que involucra reducir y cercenar contenido valioso e importante, ya sean ejemplos de las ideas discutidas, o nuevas ideas, o bien, distintos giros interpretativos de estas ideas. Por ello mismo, luego de revisar los planteamientos de Mauricio Berman y siendo mi objetivo dárselos a conocer someramente, me he decidido iniciar por la dicotomía del Sí Mismo/Otro, tomándolo como base al ser un tema transversal a la obra de Mauricio en particular, y de la gran mayoría de los saberes humanos en general: en el primer volumen se realiza una revisión del paradigma científico y se muestra la oposición entre el Sí Mismo y el Otro, como intrínseca al mismo paradigma en cuestión; el segundo volumen introduce esta dicotomía siguiendo a Winnicott y a Lacan con sus respectivos estudios de las relaciones objetales aplicadas primordialmente a niños, prosiguiendo con una revisión in extenso desde los intentos de revitalizar el cristianismo con la corriente gnóstica, pasando por los cátaros, la magia y su posterior evolución en la ciencia, el movimiento nacionalsocialista alemán y finalizando con la revisión de la adicción a los paradigmas y a las posibilidades que nos entrega la creatividad; por último, el tercer volumen explora las formas de vida en el paleolítico en contraste con el neolítico, revisando las formas de organización vertical y horizontal y finalizando con un potente mensaje que nos invita a sumergirnos en la paradoja de la vida y a vivirla sin aferrarnos a ideologías vanas, buscando la seguridad ontológica en nuestro propio cuerpo. Considerando lo dicho anteriormente como un mapa, comenzaré por presentar la dicotomía Sí Mismo/Otro expresada en el “Reencantamiento del Mundo”.

El paradigma científico tiene sus cimientos en dos grandes hombres: Descartes y Bacon. El primero, representante del racionalismo; el segundo, del empirismo. Usualmente se advierte una oposición muy fuerte entre estos dos conceptos, pues, mientras que el primero pretende obtener el conocimiento de la lógica, reduciendo cada cosa a la suma de sus partes, además de otorgar supremacía a la Mente por sobre el Cuerpo; el segundo se aboca a la búsqueda del conocimiento a través de la experiencia, forzando a la naturaleza con experimentos para que esta se revele al hombre y pueda así ser dominada y utilizada. Se observa claramente la oposición entre la Mente de Descartes y la Materia de Bacon, sin embargo, la historia ha puesto de manifiesto que ambos programas pueden aplicarse conjuntamente. Explicaré esta relación: Descartes tenía la necesidad de un método de pensamiento para aplicarlo, mecánica y rigurosamente, a cada fenómeno a estudiar, siendo este la parte teórica de un posterior método científico, que definía la visión del universo como una enorme máquina. Por su parte, Bacon decía “para conocer la naturaleza, trátala mecánicamente”, entonces tu mente también tendrá que comportarse en forma mecánica; también consideraba que el conocimiento de la naturaleza sólo surgía bajo condiciones artificiales (natura vexata). Por ello, mientras que Descartes se encargaba de la parte teórica del método de conocimiento humano, Bacon daba sustento material a la teoría de Descartes. Observaremos, entonces, como el “por qué” pierde importancia frente a un “como”: la mecanización de la mente y de la materia llevará al hombre a vivir en un mundo desencantado, muerto, mecánico, únicamente dispuesto para ser abordado y explotado por y para este, donde los motivos que impulsan a los hombres son de carácter funcional (la inexistencia de la ética en la ciencia tiene sus cimientos en esto, es irrelevante el “por qué” hago algo, sólo me interesa “cómo” hacerlo… de hecho, gran parte de nuestras respuestas obedecen al “como” antes que al “por qué”, veremos a los conceptos “bien” y “mal” reemplazados por respuestas funcionales como: me es útil hacer esto, me servirá realizar esta tarea, etc.). Esto representará un quiebre con respecto al pensamiento griego, que era contemplativo, pues la ciencia moderna será dinámica. El asunto de ahora es hacer, no ser. Acarreará entre sus consecuencias la igualdad entre Verdad y Utilidad, la identificación de conocer con controlar, entre otras. También se verá afectado el inconsciente, siendo deslegitimado y extirpado de aquello llamado “conocimiento”. A raíz de lo anterior mencionará Mauricio, la rapidez con que la conciencia moderna ha destruido la psiquis humana, fragmentándola y descorporeizándola. Ciertamente que los avances en tecnología han sido muchos, sin embargo, el costo de todo esto es aún mayor. La represión y deslegitimación del Otro como un ser al cual se lo puede conocer dominándolo y alejándose de él tiene consecuencias en esferas cercanas a nuestra vida, por ejemplo, en las relaciones amorosas. Zygmunt Bauman en “Amor líquido” las pone de manifiesto, no existe tal interés en comprender al Otro ni en comprometerse con él, menos aún de hacer el esfuerzo de reducir nuestro Ego para que el Otro pueda expresarse en su integridad e individualidad: en un mundo desencantado donde imperan las jerarquías verticales y la ciencia sin cuerpo, conceptos como “amor” simplemente no tienen sentido. Dicho de otra forma: aquello que realmente es real desde el siglo XVIII hasta el nuestro es lo abstracto, es decir, átomos, gravedad, el momentum y la masa inercial… aquello que sentimos no existe.

Y pese a lo anterior, es curiosa la aceptación total que se da a la ciencia como la Verdad que explica todo o que tendrá que explicarlo todo, siendo que la ciencia adquirió su poder explicativo sólo dentro de un contexto que era congruente con esas explicaciones y hechos (en este caso, la existencia de la Revolución Comercial, fue útil y requirió del potencial manipulador de la ciencia para con el mundo material, no olvidemos que no fue únicamente el “por qué” el reemplazado por el “cómo”, sino también la “calidad” por la “cantidad”). Por esta razón, será necesario considerar a la ciencia como un sistema de pensamiento adecuado a una cierta época histórica, tendremos que intentar separarnos de la impresión corriente de que es una verdad absoluta, transcultural; el quiebre que con estos pensamientos introducirá Berman será terminante, deberemos aceptar que la visión científica de un mundo desencantado es nuestra, y que no podemos pretender imponerla a otras culturas. Para la cultura Mapuche, por ejemplo: la tierra está viva y hay que cuidarla y convivir con ella; no podemos pretender la superioridad de nuestra cosmovisión sólo porque posea un mayor poder manipulativo; no podemos hablar, otro ejemplo, de la inoperancia de la ciencia Aristotélica para con el mundo en contraste con la ciencia moderna, pues, demás está decir que el objetivo de ambas era muy distinto, conjuntamente con las diferentes formas de vivir y sentir la vida.

Ahora bien, pese a que el quiebre definitivo se produjo con la ciencia moderna, la dicotomía Sí mismo/Otro tuvo su origen mucho antes y, por cierto, es transversal a toda nuestra cultura: Podemos retroceder lo suficiente como para encontrarnos con Sócrates diciendo: “conócete a ti mismo” como un tipo de conocimiento deliberadamente no sensual, en oposición a la tradición poética griega que sí era sensual. También podemos ver la dicotomía en el cristianismo, pues en sí, este es un paradigma religioso, un –ismo al cual aferrarse. En Cuerpo y Espíritu ahondaremos más en la dicotomía, mencionando la existencia de un espacio vacío entre el Sí Mismo y el Otro. Dirá Pascal en los tiempos de la ascensión de la ciencia: “los silencios de los espacios infinitos me aterrorizan”, pues ahora “existen” átomo, la materia es discontinua y yo no soy nada. De este vacío institucionalizado y exacerbado por la ciencia, que yace en el corazón del paradigma cartesiano; de aquella dualidad esquizoide de la percepción del cuerpo como otro; de este Miedo al Vacío y de nuestra descorporeización, surgirá la necesidad de buscar soluciones, y aquellas serán aferrarnos a los –ismos, esto que Berman llamará la “adicción al paradigma”. El simple hecho de buscar soluciones nos indica que se esta en presencia de un problema, y parece ser que desde pequeños buscamos llenar ese vacío, el miedo al nemo, a ser nadie. Y es ese “nemo” aquello que sentimos en el silencio, cuando experimentamos nuestro cuerpo en su integridad: por ello el mundo de la actualidad es ruidoso y tiene miles de tareas que hacer, pues es menester mantenernos ocupados, no vaya a ser que veamos las contradicciones de nuestra existencia… Dice Berman respecto de esto: La vida y la personalidad humana son inherentemente desquiciadas, multifacéticas; la neurosis es la incapacidad de aceptar este hecho.

Encontraremos, entonces, esta brecha entre el Sí mismo y el Otro como algo enraizado en nuestra cultura occidental. La ciencia no será nada más que un nuevo paradigma que intentará llenar, sin lograrlo, aquella brecha. De la misma forma que alguna vez lo fue la religión o cualquier ortodoxia que se haya impuesto como poseedora de la verdad durante algún período. La herejía de la experiencia extática de ascensión, pese a ser revitalizadora también posee un carácter adictivo. Berman recorrerá en Cuerpo y Espíritu las herejías de ascensión, mas todas ellas se revelarán como parteras de paradigmas que se autoproclaman como “nuevos y mejores”, como aquellos únicos poseedores de la “verdad”. De la misma forma que durante la opresión del Imperio Romano surgió el cristianismo (y tuvo suerte), durante la Edad Media la revitalización provino de los magos, aquellos que si realizaban experiencias místicas de ascensión, y de la magia a la ciencia hay muy pocos pasos. De hecho, consiste en eliminar las cualidades de equilibrio y el sustento somático que tiene la magia y extraer de ella únicamente sus aspectos manipuladores y ¡voilá! Nace la ciencia. Si su nacimiento es causa de la brecha Sí Mismo y Otro, el proceso es generalmente el mismo: 1. Se utiliza una introvisión oculta o somática para desalojar un sistema antiguo (Escolástica v/s Ciencia); 2. Reaccionar temerosamente a la misma arma que hizo posible el cambio, desechándola y erigiendo en su lugar un nuevo sistema (rígido)… paradojalmente, este nuevo sistema depende para su existencia de la misma introvisión mística ahora rechazada… ¿Perciben lo patológica y asustadiza que es ésta reacción? En resumidas cuentas, el tránsito de una época de fe a una época de la razón jamás ocurrió, simplemente fue de una edad de una fe, a otra edad de otra fe, y escondida entre aquellos sistemas, la herejía… cierto, la herejía, esa Otra Voz del Tercer Volumen, la alternativa nunca escuchada… La herejía es herejía porque aboga por una experiencia somática directa, sin intermediarios. La ascensión confiscada por la ciencia produce rascacielos cada vez más altos, viajes al espacio (con seguro de vida incluido), es decir, una experiencia de ascensión hacia Dios con seguridad, con intermediarios, sin riesgos: “Nosotros lo haremos por ti”, dice la ortodoxia; mientras que la herejía dirá “puedes hacerlo tú mismo”.

Y ello nos lleva a mirar la actualidad. Pareciera ser que se avecina un nuevo cambio de paradigma, del paradigma cartesiano al paradigma holístico. Querámoslo o no, es un –ismo (holismo) y el salto que se produce es igual al realizado con antelación entre religión y ciencia analítica. Poseeremos una enriquecedora visión sistémica de la vida, el bien triunfará sobre el mal y la ciencia analítica y atomística perecerá, mas no seamos ingenuos, si vemos el meollo del asunto nuevamente estaremos haciéndole el quite a la vida misma, cambiándola por un paradigma que configurará nuestra visión de la vida. Quizás existan cambios esperanzadores, pero taparemos unos hoyos para que se abran otros más (el barco está sobrepoblado, igual que nuestra querida Tierra), pues continuamos pretendiendo que un sistema puede explicar todos los fenómenos, que en un solo paradigma hallamos la verdad. Sin embargo, la única verdad reside en aprender a liberarnos de la insana pasión por la verdad, como citará Berman en su texto. Pero si el místico buscando la verdad o a Dios busca ascender, entonces la herejía final será cruzar o incluso descender, no por nada dicen que “el arte más elevado es el arte de vivir una vida ordinaria de manera extraordinaria”.

Como hemos visto, la falta básica entre el Sí Mismo y el Otro constituye gran parte de la historia de la humanidad: los mitos y leyendas que oponen al bien contra el mal, el héroe que busca separarse de la unidad, el cíclope cegado, el tercer ojo, el ojo de la intuición, eliminado, etc. Pero aún nos falta mencionar a un ser, un ser que la sociedad asocia a la locura, que por sus características pasan a la historia: hablo del artista. Berman divide la creatividad en 3 tipos: la primera hace alusión a la inhibición total del proceso creativo, represión sobre el niño anula su curiosidad; la segunda engloba a la gran mayoría de nuestros artistas de occidente, corresponde al artista neurótico, no espontáneo, compulsivo, que se esfuerza en realizar el proceso creador, que se casa con su obra y que le estampa su nombre, busca hacerse presente, sufre erupciones desde el inconsciente, busca romper con la tradición (asesinar al padre) y todo esto a un muy alto costo psíquico; la tercera categoría está casi desierta, salvo por los niños que pueden interesarse mucho en su trabajo, pero que no le ponen su nombre a la obra, ni siquiera están concientes de lo que hacen en un plano racional, pero les agrada, y lo realizan libremente, sin aquella conducta neurótica, siendo este el arte espontáneo. El artista, entonces, será visto como un loco, pues experimentará la brecha del Sí Mismo/Otro y tendrá en sus manos la posibilidad de crear una obra que constituya un proceso sanador temporal, de la misma forma que una relación amorosa corta: se iniciará por la acometida romántica, la declinación, los celos y la posesividad (la firma de la obra) y la desilusión (mala crítica). Este ciclo solo llevará a buscar una nueva pareja (nueva obra) que sea mejor que la anterior (requerimiento de que el artista se “supere” en cada trabajo). El problema de esta forma de creatividad es la destructividad hacia la que conduce, generalmente termina con la mejor obra del artista antes del suicidio, pues para que la obra sea crecientemente bella, el artista tiene que generar cada vez mayores divisiones o encuentros con el Vacío de los cuales recuperarse (Para Van Gogh, y para muchos otros, la depresión aguda es casi bienvenida, un manantial de drama y energía creativos). Como dice Berman, es un campo lleno de cadáveres psíquicos… y también reales. La alternativa a este camino destructivo la hallaremos en Oriente, en donde podemos encontrar ejemplos de la tercera configuración, en donde luego de solucionar el problema, se crea la obra: el artista crea desde lo que tiene y no desde lo que carece y ansía conseguir, tampoco lo hace para sanarse, pues el proceso ya sucedió, de ahí que este ausente la tensión en la obra de la tercera configuración, y de que usualmente esta verse sobre la naturaleza antes que sobre temas o problemas humanos. Al realizarse la obra luego de la sanación, la creación se considerará terminada.

¡Y todo esto por intentar cerrar una espacio Vacío! Nuestro miedo y nuestro desapego del cuerpo confluyen en nuestra necesidad adictiva a la generación de paradigmas. La propuesta de Berman es potente y simple. Dirá Berman: “… la solución, si la hay, es mucho más modesta: consiste en la capacidad de vivir la paradoja y avanzar desde ahí, sin ninguna expectativa utópica” Sin que nuestras ideas se transformen en ideales o ideologías: “el problema no consiste en que algunas ideas no sean válidas, sino en que las culturas sedentarias y con gran densidad demográfica tienden a convertir estas ideas en fetiches y en explicaciones totales”. Nuestro gran problema es que, en vez de que la vida nos baste, tenemos que merecerla; y para ello, tenemos que hacer, no ser. La adicción a los paradigmas solo revela las ansias de inmortalidad del hombre, como una negación del cuerpo y de la muerte. Como dirá Deleuze “nuestra tarea es enseñarle al alma a vivir su vida y no a salvarla”, curiosamente para Berman “el alma es lo que el cuerpo hace”.

Según vemos, la única posible y verdadera alternativa consiste en el abandono del paradigma, pues nuevas ideas traerán nuevos problemas, y nuevamente empezaremos a buscar otros más. El pensamiento de Berman es claro y directo: “reconocer que no necesitamos una drástica transformación de la realidad y la cultura, sino tan sólo el deseo de vivir en esa cultura y realidad, y al mismo tiempo hacerlo posible por encontrar soluciones inteligentes –sin superlativos ni aspavientos- a los problemas actuales, y dejar que el futuro se ocupe de sí mismo. Porque cuando llegue el futuro traerá sus propios problemas, y ese será el momento de lidiar con ellos”. A fin de cuentas, la magia de la vida está en vivirla, en hacer según nuestro ser; quizás en algún momento comprendamos la paradoja de nuestra vida y dejemos de buscar paradigmas; cuando veamos directamente a la paradoja y observemos que ese cúmulo de contradicciones es un mar de posibilidades miraremos a nuestro lado, hacia el Otro, y podremos vivir de verdad, comprendiendo que siempre estuvimos en el lugar indicado o como T.S. Elliot nos dijo:

“No cesaremos de explorar,

Y el final de toda nuestra exploración,

Será llegar donde comenzamos

Y conocer el lugar por primera vez”

Muchas gracias.

¿El bastión infranqueable? Ateísmo

¿El bastión infranqueable?

Abstrac:

El presente trabajo analiza la relación entre lo racional y lo sensitivo de la creencia religiosa. Mediante una formulación conceptual que atañe a la idea de duda directa y duda directa, se plantea una explicación a la forma de aprehensión de la creencia, al mismo tiempo que se explica el motivo o impulso que permite desligarse de ésta. La importancia de toda esta cuestión es si se puede ingresar al bastión de la fe que posee el teísta para llevarlo al estudio racional. Ello, debido a la importancia que tiene el teísta en las decisiones éticas y políticas de nuestra sociedad.



  1. Introducción.

¿Por qué debe ser importante para un ateo enfrentarse a un teísta? El enfrentamiento entre uno y otro pareciera no tener sentido en sí mismo y, de hecho, muchas palabras se perderían si así lo fuese. Este enfrentamiento es un medio, realizado en vistas de un algo más que la misma discusión. Un ateo no pretende destruir la creencia del teísta por el simple motivo de un amor al prójimo que intenta liberarlo de sus ataduras creyentes. De ser este el caso, se caería, por parte del ateo, en una dictadura de la sensación, además de una enorme falta de empatía al considerar que el teísta se encuentra “atado” a su creencia. La creencia entrega mayor seguridad. Sin lugar a dudas que es mucho más confortable, al hallarse frente al peligro inminente, recurrir a un ser todopoderoso que, dada su omnipotencia, podrá rescatarnos, o bien, darnos un impulso de energía para salir airosos ante el combate… No, no creo que sea el amor al prójimo lo que motiva, generalmente, al ateo. Pueden darse casos en que la aflicción de un creyente es tal que, por compasión, puede discutírsele la fe; pero estos casos, creo, constituyen más excepciones que quehaceres regulares.

La pregunta sigue abierta aún. En qué radica esta importancia. Qué es lo que nos mueve al debate y a la discusión. Es muy probable que sea algo íntimo, y en ese sentido, un ateo no es distinto de un teísta. Tanto uno como otro defienden lo que creen, ya sea que “Dios existe” o que “no existe dios”; sin embargo, son impulsados a enfrentarse no por sus efectos interiores, no por querer que el otro sienta el “calor divino”, o que se fije en la importancia trascendente de “la razón” para el actuar del hombre. Sino que su enfrentamiento deviene exclusivamente de los efectos exteriores, tanto éticos como políticos, que producen sus creencias, las que, en estos terrenos, chocan irremediablemente.



  1. El lugar resbaladizo y los lujos que ya no podemos darnos.

No existe tema más movedizo y, por ello más complejo, que el de la ética y la política. Ya lo hacía ver Aristóteles en el primer libro de la ética, cuando decía: “No debemos, en efecto, buscar la misma precisión en todos los conceptos, como no se busca tampoco en la fabricación de objetos artificiales. Lo bueno y lo justo, de cuya consideración se ocupa la ciencia política, ofrecen tanta diversidad y tanta incertidumbre que ha llegado a pensarse que sólo existen por convención y no por naturaleza”[1]

Nos hayamos entonces en un terreno que parece ser de convención social. Un lugar en donde las reglas no están definidas, por lo que continuamente deberemos enfrentar nuestras posturas y dirimir nuestras disputas con el paso al acto. Aquí yace el motivo que todo ateo debería tener presente al momento del debate. De hecho, se constituirá, a lo largo de este trabajo, como un requisito para ingresar al bastión de la fe del creyente.

El problema no será la creencia interior, sino la consecuencia exterior y política. No importa que crea cada uno, sino el poder que cada uno posee para llevar al acto sus ideas. Frente a esto, la postura de un ateo no puede ser laxa ni reposar en los lujos de la lógica, que en gran medida a sido empleada para explicitar las falacias que los grandes argumentos teístas poseen. Si bien, los librepensadores franceses del siglo XVI con su máxima: “Intus ut libet, foris ut moris est”[2] no tenían mayores posibilidades de hacer oír su voz, tampoco tenían un interés muy grande ello, motivado quizás por la inexistencia de posibilidades anteriormente aducida. Este tipo de proto-ateo no podía enfrentarse en ningún terreno al teísta, quien se había vuelto tan omnipotente como su Dios en asuntos éticos y políticos.

Ahora bien, si los librepensadores, producto de su desesperanza, formularon la anterior máxima; la actual situación de un ateo en las existentes democracias que pregonan la importancia de la voz y el voto para todos, debería traer como resultado una máxima que diga algo así como: ¡Hazte oír!

Si temas importantes son revisados y vueltos a revisar en asuntos de ética y política, es necesario e indispensable que la postura atea se halle presente. Por ejemplo en los temas sobre el “matrimonio homosexual”, en donde uno de los primeros argumentos que saltan a la vista son citas bíblicas del Deuteronomio, que condena como abominación al acto sexual homoerótico y que, casi en estricto rigor, son las que mueven a los teístas a investigar sobre el tema y a intentar generar una base transversal que apoye su propuesta. En el caso del “matrimonio homosexual”, el teísta no se mueve por consideraciones biológicas, reproductivas o familiares solamente. Y, aunque hallemos que esos son sus principales argumentos, a la base de estos, casi como un paradigma mediante el cual se configura su mundo, se halla la creencia en Dios y la cita bíblica: allí se esta legalizando una abominación.

Ahora bien, independiente de que el tema agrade o no al ateo, este tiene la obligación de sacar a la luz el verdadero sentimiento que motiva la acción del teísta: su creencia. Digo obligación, porque su voz puede hacerse oír, con dificultad aún, quizás con temor a represalias igualmente; pero puede oírse, puede leerse y no es necesaria la sombra y el lenguaje secreto para transmitir el mensaje, no es necesario decir: “es preciso dejar adivinar al lector al menos la mitad de aquello que se quiera decir, sin temor a no ser comprendido. Con frecuencia la maldad del lector va incluso más lejos que la nuestra: hay que confiar en ella, es lo más seguro”[3]. Pese a lo divertida que puede resultar la frase anterior, su necesidad pende del hilo de las tinieblas. ¿Por qué debe adivinar el lector? Porque, como anteriormente señala el texto citado: “comprendieron también que, a partir de allí, la única alternativa al silencio podía ser una escritura “cifrada”, con guiños y meandros que sólo los semejantes pudieran reconocer y completar en su más profundo significado”[4]. El ateo no puede darse el “lujo” de quedarse de brazos cruzados. En estos tiempos se puede hablar, y es menester defender la propia posición, sino ¿quién lo hará?



  1. La creencia teísta: ¿un bastión infranqueable?

Luego del preludio anterior, pasemos revista al asunto que nos compete más directamente. ¿Es la fe un bastión infranqueable? Según parece, lo es. Esto, en el sentido de que las razones lógicas y las discusiones no logran calar hondo en la última muralla defensiva del teísta: su fe. Es más, parece ser, además de ser casi un mandato bíblico, que el cuestionamiento duro de la creencia concluye fomentando el arraigo del creyente hacia esta. Para poner término a una discusión, basta que el creyente aluda a que es “cuestión de fe”, para que las palabras sobren y el debate se torne una mera pérdida de saliva, además de un gasto mental innecesario condenado, de antemano, al fracaso.

Entonces, ¿cómo podemos aproximarnos a este bastión e impedir al teísta emplear su “es cuestión de creer”? ¿Podemos producir una situación tal que el acto de aludir a la fe por parte del teísta, se vuelva una situación irrisoria y que, antes de resguardarlo, lo expulse de un campo de acción aún no resuelto? La respuesta se vislumbra ya, siendo un rotundo sí. Existe un campo movedizo que constantemente debe ser defendido por unos y por otros. Antes quizás no lo era así (pensando sobre todo en la edad media), sin embargo, en la actualidad, frente a cualquier debate o discusión ética sobre qué debemos o no hacer, la alusión a una “cuestión de fe” termina por excluir automáticamente a un creyente. De hecho, es tan movedizo el suelo de la ética, que la referencia a la fe se omite completamente. Se puede otear en el tejido que sustenta el acto del teísta y hallar a la fe, pero el teísta nunca la sacará a relucir como un verdadero argumento de peso, y menos aún podrá dar término a una discusión con este recurso.

En una discusión de dos, el aludir a la fe puede sortearse, pero con mayor dificultad, si se alude, igualmente, a la necesidad del acto. La propuesta de un teísta diciendo que tal o cual acto no debe realizarse porque “Dios lo quiere así”, que no es más que otra reformulación de la “cuestión de la fe” es muy pobre, y salta a la vista para cualquier oyente perspicaz el hecho de que el debate racional pretende ser llevado a un juego de emociones, en donde tanto una postura como la otra se volverán válidas. Este último recurso teísta podríamos llamarlo empate. Y con esto quiero decir que el teísta asumirá el no poder sobreponer su voluntad al ateo, debiendo doblegar la propia, aunque intentando, a la par, salvar y resguardar la voluntad de Dios para una discusión posterior. Para evadir este recurso, nuevamente el llamamiento al acto se vuelve importante, puesto que es allí donde se resuelve la cuestión: debe o no hacerse, es bueno o no, etc.

El bastión infranqueable ya no lo parece tanto. Si bien, existe dentro de la torre del creyente una pieza de seguridad, a la cual no se puede entrar, nada nos impide aporrear la puerta. Sin embargo, las cualidades que posee esta pieza es que protege la creencia alejándola del acto. En este caso, un teísta en una pieza de seguridad no produce en un ateo mayor obstáculo, pues ya se ha renunciado a la defensa discutida y al paso al acto de la resolución. Y, dado el hecho de que el interés ateísta debiese girar en torno a la política y a la ética como alrededor de resoluciones factuales que de las primeras dos pudieren derivarse, el teísta sin poder no es una amenaza… aunque tampoco es motivo para el descuido.

Es más, llegado a este punto, la situación de los librepensadores del siglo XVI será similar a la que experimentará un teísta en su pieza de seguridad.

Ahora bien, hemos reconocido la existencia de un lugar de difícil acceso, como era el bastión infranqueable de la creencia; y propusimos la necesidad del habla y del debate como condición de posibilidad de la pérdida de la cualidad de infranqueable por parte del bastión. Igualmente, se ha planteado la existencia de un lugar completamente impenetrable para un ateo, la llamada pieza de seguridad. Plantearemos ahora un posible camino para vulnerar la seguridad de esta pieza, a la par que sentaremos las bases de una explicación probable al hecho de la des-conversión.



  1. El cuerpo y la mente: el concepto de duda y su relación con la razón.

Pese a nuestra dicotomización moderna que distingue como ajenos al cuerpo y a la mente, separación que inaugura explícitamente Descartes, al sentar su cuerpo y, dejándole de lado, buscar verdades con su mente; la realidad es que somos una amalgama de ellos. Igualmente nuestro espíritu o vida psíquica forma parte de nuestro ser. Podemos acercarnos con mucha cautela a estas palabras, tan unidas a la teología medieval, pero en el fondo sabemos que hay algo íntimo que se mueve, que trasciende cualquier confiscación teológica que haya podido operar sobre estos conceptos en la ligación con dios. En última instancia, si no lo creemos así, por lo menos el sujeto de estudio de este trabajo muy probablemente si lo crea.

Cualquier creencia que el ser humano tenga sobre el mundo siempre irá acompañada de un sustento somático (corpóreo). Se dirá de ella que se ha incorporado (in-corpore) y que se siente la agitación de la pasión cuando esta creencia o idea es problematizada, discutida o desechada.

Ello sucede de igual manera para el teísta y para el ateo con cuerpo y mente. Su idea básica se instala en el cuerpo. En última instancia, ese bastión infranqueable es la amalgama entre cuerpo, mente y espíritu humano, es la esencia del hombre que ve atacada su representación del mundo, al debatírsele la idea.

Por esto, todo argumento racional está condenado al fracaso, como se mencionaba en el inicio. Sin embargo, surge una duda de esto: ¿por qué el teísmo cristiano se ha preocupado tanto de dar una base racional a su creencia? La respuesta puede ir por el lado del poder. Y también por el lado de la ética pues, como decíamos al inicio, para ingresar a una discusión ética hay que debatir racionalmente, sin recurrir a la cuestión de la fe, sobretodo si nos situamos en el contexto del surgimiento del teísmo cristiano en el imperio romano.

Por lo tanto, parece ser que la razón si juega un papel en la creencia, no un papel que la desbanque, sino que la resguarde de argumentos que pretendan derribarla. En este sentido, la razón será un enemigo tanto de la conversión como de la des-conversión: La aprehensión o el dejar ir una idea-creencia sólo se realizará plenamente sin la razón de por medio. Con ello no quiero negar la importancia del reflexionar y pensar, sino sólo señalo que el acto mismo de la aprehensión y de des-conversión acaece en el cuerpo, siendo, o bien, producto de un hecho traumático, o bien, de un hábito producido en la infancia con historias que conmovían al sentir corporal. Tanto en el primero como en el segundo ejemplo no se pierde de vista la amalgama cuerpo-mente; únicamente se presenta a la mente como mediadora que, humildemente, debe retirarse al momento mismo del pasar al acto la conversión o des-conversión.

Luego del acto, la razón explicará lógicamente lo que sentimos, pero sin moverlo ni cambiarlo. La razón[5] duda de todo, de ahí su necesidad de explicar.

Ahora bien, podemos distinguir dos tipos de duda, y es aquí cuando empezamos a hilar fino, para aproximarnos a un planteamiento que desbanque la creencia teísta. La primera la llamaremos duda indirecta y entenderemos por ella que se emplea en la racionalización, entregando coherencia para responder y auto-validarse uno mismo en el lenguaje; además, se empleará para el acto de debatir, puesto que se presentará la creencia del cuerpo racionalizadamente. Un ejemplo de racionalización son las pruebas de la existencia de Dios, que poco después analizaremos. El segundo tipo de duda lo llamaré duda directa y entenderé por ella que es empleada para desbancar ideas, se empleará para el acto de discutir.

La duda indirecta se relaciona con la idea mente-cuerpo sobreponiendo el cuerpo a la mente, es decir, la mente se halla subordinada al cuerpo, de ahí el acto de racionalizar sentimientos, ideas o creencias que, como antes decíamos, se alojaban con propiedad en el cuerpo primeramente. La duda directa, por otra parte, conllevará la unión entre el cuerpo y la mente, un ejemplo de ello es una discusión aireada, en donde lo que siente el cuerpo es transformado de forma inmediata por la mente en un discurso coherente que no pretende sólo justificarse, sino que desbancar a la idea opuesta: la colaboración entre mente y cuerpo devendrá absoluta.

La pregunta que surge a continuación es: ¿cuál será la utilidad de toda esta conceptualización?

La respuesta conlleva el empleo de la misma y se responde con dos preguntas:

  1. ¿Cómo trocar la duda indirecta de la creencia en una duda directa que se auto-cuestione?
  2. ¿Es factible que una idea-fuerza golpee como un acto y desbanque a una idea-creencia?

Wittgenstein expresó su parecer sobre la imposibilidad de convencer racionalmente a un creyente de que su creencia era errada. De igual forma lo hizo Plantinga, monje y teólogo, que postuló la existencia de ideas básicas que no requerían de un fundamento más allá de ellas mismas. Ambos hacían referencia al bastión infranqueable, uno apelaba a los límites de la razón para con el sentir corpóreo, el otro se remitía a salvaguardar la fe en lo abstracto. Respecto del segundo mencionamos una forma de proceder para hacer frente a esta idea básica: confrontarla con el acto. Sobre el primero, emplearemos y probaremos la funcionalidad de todo el armazón teórico esbozado en los párrafos anteriores; a la par que intentaremos dar respuesta a los dos preguntas precedentes.



  1. Ingresando al bastión de la fe.

Como mencionábamos, Wittgenstein dudaba de la posibilidad de una des-conversión racional. Sin embargo, no debemos mirar tan en menos a la razón y a la mente, sobre todo si consideramos la amalgama anteriormente mencionada.

Ahora bien, revisemos un argumento de aquellos que pretenden demostrar la existencia de Dios: el argumento ontológico.

El argumento es el que planteó San Anselmo: “Dios es aquello lo cual nada mayor puede ser pensado” Luego, si es lo máximo pensable, debe estar también en la realidad empírica.[6] El desarrollo del argumento en sí, se puede seguir de la lectura indicada a pie de página; lo que a continuación señalaré, son los motivos por lo que este argumento es defectuoso.

Primero que todo, la definición del argumento. No es necesaria y, como todo concepto del lenguaje, el concepto de Dios no escapa a la equivocidad. Segundo, no por ser lo máximo pensable ha de existir en la realidad, podría señalarse la necesidad de ser lo máximo existente, quizás, pero este no es el caso, pues es lo que se pretende demostrar. Tercero, el salto ontológico del pensamiento a la realidad no posee justificación alguna. Cuarto, si bien hay coherencia lógica, esto no se sigue para la posibilidad de una necesidad empírica.

El argumento tiene errores. Es una racionalización de una creencia, por lo tanto, es producto de una duda indirecta. Las críticas, por otra parte, devienen de una duda directa. El argumento de la existencia de Dios no pretende convertir a nadie, sino sólo la auto-validación frente a la incansable duda que posee la razón ante el mundo. Para aquietar esa duda y poder deleitarse en la creencia deviene esta racionalización. Por lo tanto, no es menester del monje desbancar la idea, sino defenderla y entregarla como primera muralla de defensa del terreno de la creencia propia.

En el sentido anteriormente esbozado, Wittgenstein tiene toda la razón. Sin embargo, si nos volvemos a las preguntas, podremos encontrar un pequeño resquicio que si otorgaría a la razón la facultad de des-convertir, o por lo menos de volverse contra su propia racionalización.

Con respecto a la primera pregunta, deberemos retornar al terreno de la ética. Aquel terreno movedizo debe ser tratado cuidadosamente, puesto que en esta situación, tanto el ateo como el teísta son susceptibles de ver violada la idea que propugnan. Vale decir también, que es en este mismo terreno donde se responde la segunda pregunta.

En el terreno de la ética, podemos trocar una tipo de duda en otra si cuestionamos sobre temas complejos como el aborto o la pena de muerte (siempre considerándolo como actos en potencia, cuya actualización pasa por la decisión del teísta) e instalamos esa discusión en seres cercanos al teísta. La pregunta entonces no sería: ¿Debemos permitir el aborto? Porque obtendríamos un rotundo no, con la consiguiente base de que Dios ama la vida y por lo tanto el hombre también debe hacerlo, etc. Sino que nuestra pregunta debería plantearse así: “Dado el caso de que tu hija de 15 años haya sido secuestrada y violada, con el consiguiente y desafortunado hecho de haber quedado embarazada… ¿le permitirías abortar? ¿Condenarías a muerte al desgraciado perpetrador? La pregunta es dura, adolece de crueldad, sin dudas, y por eso mismo remite al teísta a una doble postura de discusión y debate. En esta situación, ambas dudas de la razón, en un hombre honesto consigo mismo y capaz de sentir empatía en situaciones abstractas, son puestas en acto. La duda indirecta busca racionalizar una respuesta coherente a la creencia, mientras que la duda directa cuestiona a la creencia en base a un nuevo sentir corporal. La visceralidad de la sangre se torna contra sí misma, se revuelca en la duda absoluta… en este mismo momento el teísta ha salido de su bastión, ha abierto la puerta de su pieza de seguridad y nos ha invitado a entrar, todo esto desde el momento en que experimento el remezón del cuerpo frente a una situación concreta, potente y directa, a la vez que trágica y cruel; de tal forma que una exclamación como ¿Por qué Dios permite el mal? Cobra su sentido plenamente.

De esta forma se responde tanto la primera como la segunda pregunta. ¿Es posible trocar la duda? Sí, siempre que caminemos en un camino movedizo que tienda a confundir a sus transeúntes. ¿Es factible que una idea-fuerza golpee como un acto y desbanque a una idea-creencia? También lo es, aunque no sea tan fácil en la realidad como en el concepto.



  1. Conclusión

Los planteamientos de este trabajo pretendían responder, bordear y atacar el tema del “bastión infranqueable” por diversos puntos. El tratamiento no pretendió ser exhaustivo y no se halla ajeno a diversos errores o variadas ideas que pueden ser cuestionadas.

La construcción conceptual puede tener mucho sentido y coherencia para una generalidad, pero la vida misma es una particularidad. Los casos hipotéticos planteados en el texto tenían como finalidad aclarar los conceptos y no auguran ni presagian un resultado de des-conversión. Asimismo, no pretendían generar un manual de “des-conversión”, sino simplemente esbozar posibles fases que pueden darse en una discusión ateo-teísta, con las consiguientes recomendaciones sobre como impedir que el teísta se asentase en su bastión y, luego de haber invocado la “cuestión de la fe”, como si en la época medieval estuviésemos, nos arrojase flechas mientras esperamos, asediándole. El fin de este trabajo fue indicar la existencia de una puerta trasera en el bastión, que se ubicaría en el juego de la duda para, desde allí, avanzar hacia el teísta; juego de la duda que sólo podremos generar en un pantanoso terreno ético que, tal como el pantano, no poseerá fertilidad sin arduo trabajo y esfuerzo, cobrando la máxima atea “!Hazte oír!” un pleno sentido.



[1] Aristóteles, Ética Nicomaquea, Editorial Porrúa, Mexico (2007). Pag. 4

[2] Interiormente, actúa como te plaza; exteriormente, como se acostumbra.

[3] François de la Mothe Le vayer, Diálogos del escéptico, Ed. C.Plata-Ed Lite, Introducción al texto, Pag. 20

[4] Ibídem, Pag. 20

[5] En ciertos casos, razón y mente se vuelven homologables. De todas formas, el concepto de mente se comprende siempre en un sentido de amalgama con el concepto de cuerpo. Razón, por su parte, se comprende como la parte lógica que se relaciona como un aparte con el cuerpo.

[6] David Eller, Natural Atheism, American Atheist Press, New Jersey (2004) Pags. 28 - 31