¿El bastión infranqueable?
Abstrac:
El presente trabajo analiza la relación entre lo racional y lo sensitivo de la creencia religiosa. Mediante una formulación conceptual que atañe a la idea de duda directa y duda directa, se plantea una explicación a la forma de aprehensión de la creencia, al mismo tiempo que se explica el motivo o impulso que permite desligarse de ésta. La importancia de toda esta cuestión es si se puede ingresar al bastión de la fe que posee el teísta para llevarlo al estudio racional. Ello, debido a la importancia que tiene el teísta en las decisiones éticas y políticas de nuestra sociedad.
- Introducción.
¿Por qué debe ser importante para un ateo enfrentarse a un teísta? El enfrentamiento entre uno y otro pareciera no tener sentido en sí mismo y, de hecho, muchas palabras se perderían si así lo fuese. Este enfrentamiento es un medio, realizado en vistas de un algo más que la misma discusión. Un ateo no pretende destruir la creencia del teísta por el simple motivo de un amor al prójimo que intenta liberarlo de sus ataduras creyentes. De ser este el caso, se caería, por parte del ateo, en una dictadura de la sensación, además de una enorme falta de empatía al considerar que el teísta se encuentra “atado” a su creencia. La creencia entrega mayor seguridad. Sin lugar a dudas que es mucho más confortable, al hallarse frente al peligro inminente, recurrir a un ser todopoderoso que, dada su omnipotencia, podrá rescatarnos, o bien, darnos un impulso de energía para salir airosos ante el combate… No, no creo que sea el amor al prójimo lo que motiva, generalmente, al ateo. Pueden darse casos en que la aflicción de un creyente es tal que, por compasión, puede discutírsele la fe; pero estos casos, creo, constituyen más excepciones que quehaceres regulares.
La pregunta sigue abierta aún. En qué radica esta importancia. Qué es lo que nos mueve al debate y a la discusión. Es muy probable que sea algo íntimo, y en ese sentido, un ateo no es distinto de un teísta. Tanto uno como otro defienden lo que creen, ya sea que “Dios existe” o que “no existe dios”; sin embargo, son impulsados a enfrentarse no por sus efectos interiores, no por querer que el otro sienta el “calor divino”, o que se fije en la importancia trascendente de “la razón” para el actuar del hombre. Sino que su enfrentamiento deviene exclusivamente de los efectos exteriores, tanto éticos como políticos, que producen sus creencias, las que, en estos terrenos, chocan irremediablemente.
- El lugar resbaladizo y los lujos que ya no podemos darnos.
No existe tema más movedizo y, por ello más complejo, que el de la ética y la política. Ya lo hacía ver Aristóteles en el primer libro de la ética, cuando decía: “No debemos, en efecto, buscar la misma precisión en todos los conceptos, como no se busca tampoco en la fabricación de objetos artificiales. Lo bueno y lo justo, de cuya consideración se ocupa la ciencia política, ofrecen tanta diversidad y tanta incertidumbre que ha llegado a pensarse que sólo existen por convención y no por naturaleza”[1]
Nos hayamos entonces en un terreno que parece ser de convención social. Un lugar en donde las reglas no están definidas, por lo que continuamente deberemos enfrentar nuestras posturas y dirimir nuestras disputas con el paso al acto. Aquí yace el motivo que todo ateo debería tener presente al momento del debate. De hecho, se constituirá, a lo largo de este trabajo, como un requisito para ingresar al bastión de la fe del creyente.
El problema no será la creencia interior, sino la consecuencia exterior y política. No importa que crea cada uno, sino el poder que cada uno posee para llevar al acto sus ideas. Frente a esto, la postura de un ateo no puede ser laxa ni reposar en los lujos de la lógica, que en gran medida a sido empleada para explicitar las falacias que los grandes argumentos teístas poseen. Si bien, los librepensadores franceses del siglo XVI con su máxima: “Intus ut libet, foris ut moris est”[2] no tenían mayores posibilidades de hacer oír su voz, tampoco tenían un interés muy grande ello, motivado quizás por la inexistencia de posibilidades anteriormente aducida. Este tipo de proto-ateo no podía enfrentarse en ningún terreno al teísta, quien se había vuelto tan omnipotente como su Dios en asuntos éticos y políticos.
Ahora bien, si los librepensadores, producto de su desesperanza, formularon la anterior máxima; la actual situación de un ateo en las existentes democracias que pregonan la importancia de la voz y el voto para todos, debería traer como resultado una máxima que diga algo así como: ¡Hazte oír!
Si temas importantes son revisados y vueltos a revisar en asuntos de ética y política, es necesario e indispensable que la postura atea se halle presente. Por ejemplo en los temas sobre el “matrimonio homosexual”, en donde uno de los primeros argumentos que saltan a la vista son citas bíblicas del Deuteronomio, que condena como abominación al acto sexual homoerótico y que, casi en estricto rigor, son las que mueven a los teístas a investigar sobre el tema y a intentar generar una base transversal que apoye su propuesta. En el caso del “matrimonio homosexual”, el teísta no se mueve por consideraciones biológicas, reproductivas o familiares solamente. Y, aunque hallemos que esos son sus principales argumentos, a la base de estos, casi como un paradigma mediante el cual se configura su mundo, se halla la creencia en Dios y la cita bíblica: allí se esta legalizando una abominación.
Ahora bien, independiente de que el tema agrade o no al ateo, este tiene la obligación de sacar a la luz el verdadero sentimiento que motiva la acción del teísta: su creencia. Digo obligación, porque su voz puede hacerse oír, con dificultad aún, quizás con temor a represalias igualmente; pero puede oírse, puede leerse y no es necesaria la sombra y el lenguaje secreto para transmitir el mensaje, no es necesario decir: “es preciso dejar adivinar al lector al menos la mitad de aquello que se quiera decir, sin temor a no ser comprendido. Con frecuencia la maldad del lector va incluso más lejos que la nuestra: hay que confiar en ella, es lo más seguro”[3]. Pese a lo divertida que puede resultar la frase anterior, su necesidad pende del hilo de las tinieblas. ¿Por qué debe adivinar el lector? Porque, como anteriormente señala el texto citado: “comprendieron también que, a partir de allí, la única alternativa al silencio podía ser una escritura “cifrada”, con guiños y meandros que sólo los semejantes pudieran reconocer y completar en su más profundo significado”[4]. El ateo no puede darse el “lujo” de quedarse de brazos cruzados. En estos tiempos se puede hablar, y es menester defender la propia posición, sino ¿quién lo hará?
- La creencia teísta: ¿un bastión infranqueable?
Luego del preludio anterior, pasemos revista al asunto que nos compete más directamente. ¿Es la fe un bastión infranqueable? Según parece, lo es. Esto, en el sentido de que las razones lógicas y las discusiones no logran calar hondo en la última muralla defensiva del teísta: su fe. Es más, parece ser, además de ser casi un mandato bíblico, que el cuestionamiento duro de la creencia concluye fomentando el arraigo del creyente hacia esta. Para poner término a una discusión, basta que el creyente aluda a que es “cuestión de fe”, para que las palabras sobren y el debate se torne una mera pérdida de saliva, además de un gasto mental innecesario condenado, de antemano, al fracaso.
Entonces, ¿cómo podemos aproximarnos a este bastión e impedir al teísta emplear su “es cuestión de creer”? ¿Podemos producir una situación tal que el acto de aludir a la fe por parte del teísta, se vuelva una situación irrisoria y que, antes de resguardarlo, lo expulse de un campo de acción aún no resuelto? La respuesta se vislumbra ya, siendo un rotundo sí. Existe un campo movedizo que constantemente debe ser defendido por unos y por otros. Antes quizás no lo era así (pensando sobre todo en la edad media), sin embargo, en la actualidad, frente a cualquier debate o discusión ética sobre qué debemos o no hacer, la alusión a una “cuestión de fe” termina por excluir automáticamente a un creyente. De hecho, es tan movedizo el suelo de la ética, que la referencia a la fe se omite completamente. Se puede otear en el tejido que sustenta el acto del teísta y hallar a la fe, pero el teísta nunca la sacará a relucir como un verdadero argumento de peso, y menos aún podrá dar término a una discusión con este recurso.
En una discusión de dos, el aludir a la fe puede sortearse, pero con mayor dificultad, si se alude, igualmente, a la necesidad del acto. La propuesta de un teísta diciendo que tal o cual acto no debe realizarse porque “Dios lo quiere así”, que no es más que otra reformulación de la “cuestión de la fe” es muy pobre, y salta a la vista para cualquier oyente perspicaz el hecho de que el debate racional pretende ser llevado a un juego de emociones, en donde tanto una postura como la otra se volverán válidas. Este último recurso teísta podríamos llamarlo empate. Y con esto quiero decir que el teísta asumirá el no poder sobreponer su voluntad al ateo, debiendo doblegar la propia, aunque intentando, a la par, salvar y resguardar la voluntad de Dios para una discusión posterior. Para evadir este recurso, nuevamente el llamamiento al acto se vuelve importante, puesto que es allí donde se resuelve la cuestión: debe o no hacerse, es bueno o no, etc.
El bastión infranqueable ya no lo parece tanto. Si bien, existe dentro de la torre del creyente una pieza de seguridad, a la cual no se puede entrar, nada nos impide aporrear la puerta. Sin embargo, las cualidades que posee esta pieza es que protege la creencia alejándola del acto. En este caso, un teísta en una pieza de seguridad no produce en un ateo mayor obstáculo, pues ya se ha renunciado a la defensa discutida y al paso al acto de la resolución. Y, dado el hecho de que el interés ateísta debiese girar en torno a la política y a la ética como alrededor de resoluciones factuales que de las primeras dos pudieren derivarse, el teísta sin poder no es una amenaza… aunque tampoco es motivo para el descuido.
Es más, llegado a este punto, la situación de los librepensadores del siglo XVI será similar a la que experimentará un teísta en su pieza de seguridad.
Ahora bien, hemos reconocido la existencia de un lugar de difícil acceso, como era el bastión infranqueable de la creencia; y propusimos la necesidad del habla y del debate como condición de posibilidad de la pérdida de la cualidad de infranqueable por parte del bastión. Igualmente, se ha planteado la existencia de un lugar completamente impenetrable para un ateo, la llamada pieza de seguridad. Plantearemos ahora un posible camino para vulnerar la seguridad de esta pieza, a la par que sentaremos las bases de una explicación probable al hecho de la des-conversión.
- El cuerpo y la mente: el concepto de duda y su relación con la razón.
Pese a nuestra dicotomización moderna que distingue como ajenos al cuerpo y a la mente, separación que inaugura explícitamente Descartes, al sentar su cuerpo y, dejándole de lado, buscar verdades con su mente; la realidad es que somos una amalgama de ellos. Igualmente nuestro espíritu o vida psíquica forma parte de nuestro ser. Podemos acercarnos con mucha cautela a estas palabras, tan unidas a la teología medieval, pero en el fondo sabemos que hay algo íntimo que se mueve, que trasciende cualquier confiscación teológica que haya podido operar sobre estos conceptos en la ligación con dios. En última instancia, si no lo creemos así, por lo menos el sujeto de estudio de este trabajo muy probablemente si lo crea.
Cualquier creencia que el ser humano tenga sobre el mundo siempre irá acompañada de un sustento somático (corpóreo). Se dirá de ella que se ha incorporado (in-corpore) y que se siente la agitación de la pasión cuando esta creencia o idea es problematizada, discutida o desechada.
Ello sucede de igual manera para el teísta y para el ateo con cuerpo y mente. Su idea básica se instala en el cuerpo. En última instancia, ese bastión infranqueable es la amalgama entre cuerpo, mente y espíritu humano, es la esencia del hombre que ve atacada su representación del mundo, al debatírsele la idea.
Por esto, todo argumento racional está condenado al fracaso, como se mencionaba en el inicio. Sin embargo, surge una duda de esto: ¿por qué el teísmo cristiano se ha preocupado tanto de dar una base racional a su creencia? La respuesta puede ir por el lado del poder. Y también por el lado de la ética pues, como decíamos al inicio, para ingresar a una discusión ética hay que debatir racionalmente, sin recurrir a la cuestión de la fe, sobretodo si nos situamos en el contexto del surgimiento del teísmo cristiano en el imperio romano.
Por lo tanto, parece ser que la razón si juega un papel en la creencia, no un papel que la desbanque, sino que la resguarde de argumentos que pretendan derribarla. En este sentido, la razón será un enemigo tanto de la conversión como de la des-conversión: La aprehensión o el dejar ir una idea-creencia sólo se realizará plenamente sin la razón de por medio. Con ello no quiero negar la importancia del reflexionar y pensar, sino sólo señalo que el acto mismo de la aprehensión y de des-conversión acaece en el cuerpo, siendo, o bien, producto de un hecho traumático, o bien, de un hábito producido en la infancia con historias que conmovían al sentir corporal. Tanto en el primero como en el segundo ejemplo no se pierde de vista la amalgama cuerpo-mente; únicamente se presenta a la mente como mediadora que, humildemente, debe retirarse al momento mismo del pasar al acto la conversión o des-conversión.
Luego del acto, la razón explicará lógicamente lo que sentimos, pero sin moverlo ni cambiarlo. La razón[5] duda de todo, de ahí su necesidad de explicar.
Ahora bien, podemos distinguir dos tipos de duda, y es aquí cuando empezamos a hilar fino, para aproximarnos a un planteamiento que desbanque la creencia teísta. La primera la llamaremos duda indirecta y entenderemos por ella que se emplea en la racionalización, entregando coherencia para responder y auto-validarse uno mismo en el lenguaje; además, se empleará para el acto de debatir, puesto que se presentará la creencia del cuerpo racionalizadamente. Un ejemplo de racionalización son las pruebas de la existencia de Dios, que poco después analizaremos. El segundo tipo de duda lo llamaré duda directa y entenderé por ella que es empleada para desbancar ideas, se empleará para el acto de discutir.
La duda indirecta se relaciona con la idea mente-cuerpo sobreponiendo el cuerpo a la mente, es decir, la mente se halla subordinada al cuerpo, de ahí el acto de racionalizar sentimientos, ideas o creencias que, como antes decíamos, se alojaban con propiedad en el cuerpo primeramente. La duda directa, por otra parte, conllevará la unión entre el cuerpo y la mente, un ejemplo de ello es una discusión aireada, en donde lo que siente el cuerpo es transformado de forma inmediata por la mente en un discurso coherente que no pretende sólo justificarse, sino que desbancar a la idea opuesta: la colaboración entre mente y cuerpo devendrá absoluta.
La pregunta que surge a continuación es: ¿cuál será la utilidad de toda esta conceptualización?
La respuesta conlleva el empleo de la misma y se responde con dos preguntas:
- ¿Cómo trocar la duda indirecta de la creencia en una duda directa que se auto-cuestione?
- ¿Es factible que una idea-fuerza golpee como un acto y desbanque a una idea-creencia?
Wittgenstein expresó su parecer sobre la imposibilidad de convencer racionalmente a un creyente de que su creencia era errada. De igual forma lo hizo Plantinga, monje y teólogo, que postuló la existencia de ideas básicas que no requerían de un fundamento más allá de ellas mismas. Ambos hacían referencia al bastión infranqueable, uno apelaba a los límites de la razón para con el sentir corpóreo, el otro se remitía a salvaguardar la fe en lo abstracto. Respecto del segundo mencionamos una forma de proceder para hacer frente a esta idea básica: confrontarla con el acto. Sobre el primero, emplearemos y probaremos la funcionalidad de todo el armazón teórico esbozado en los párrafos anteriores; a la par que intentaremos dar respuesta a los dos preguntas precedentes.
- Ingresando al bastión de la fe.
Como mencionábamos, Wittgenstein dudaba de la posibilidad de una des-conversión racional. Sin embargo, no debemos mirar tan en menos a la razón y a la mente, sobre todo si consideramos la amalgama anteriormente mencionada.
Ahora bien, revisemos un argumento de aquellos que pretenden demostrar la existencia de Dios: el argumento ontológico.
El argumento es el que planteó San Anselmo: “Dios es aquello lo cual nada mayor puede ser pensado” Luego, si es lo máximo pensable, debe estar también en la realidad empírica.[6] El desarrollo del argumento en sí, se puede seguir de la lectura indicada a pie de página; lo que a continuación señalaré, son los motivos por lo que este argumento es defectuoso.
Primero que todo, la definición del argumento. No es necesaria y, como todo concepto del lenguaje, el concepto de Dios no escapa a la equivocidad. Segundo, no por ser lo máximo pensable ha de existir en la realidad, podría señalarse la necesidad de ser lo máximo existente, quizás, pero este no es el caso, pues es lo que se pretende demostrar. Tercero, el salto ontológico del pensamiento a la realidad no posee justificación alguna. Cuarto, si bien hay coherencia lógica, esto no se sigue para la posibilidad de una necesidad empírica.
El argumento tiene errores. Es una racionalización de una creencia, por lo tanto, es producto de una duda indirecta. Las críticas, por otra parte, devienen de una duda directa. El argumento de la existencia de Dios no pretende convertir a nadie, sino sólo la auto-validación frente a la incansable duda que posee la razón ante el mundo. Para aquietar esa duda y poder deleitarse en la creencia deviene esta racionalización. Por lo tanto, no es menester del monje desbancar la idea, sino defenderla y entregarla como primera muralla de defensa del terreno de la creencia propia.
En el sentido anteriormente esbozado, Wittgenstein tiene toda la razón. Sin embargo, si nos volvemos a las preguntas, podremos encontrar un pequeño resquicio que si otorgaría a la razón la facultad de des-convertir, o por lo menos de volverse contra su propia racionalización.
Con respecto a la primera pregunta, deberemos retornar al terreno de la ética. Aquel terreno movedizo debe ser tratado cuidadosamente, puesto que en esta situación, tanto el ateo como el teísta son susceptibles de ver violada la idea que propugnan. Vale decir también, que es en este mismo terreno donde se responde la segunda pregunta.
En el terreno de la ética, podemos trocar una tipo de duda en otra si cuestionamos sobre temas complejos como el aborto o la pena de muerte (siempre considerándolo como actos en potencia, cuya actualización pasa por la decisión del teísta) e instalamos esa discusión en seres cercanos al teísta. La pregunta entonces no sería: ¿Debemos permitir el aborto? Porque obtendríamos un rotundo no, con la consiguiente base de que Dios ama la vida y por lo tanto el hombre también debe hacerlo, etc. Sino que nuestra pregunta debería plantearse así: “Dado el caso de que tu hija de 15 años haya sido secuestrada y violada, con el consiguiente y desafortunado hecho de haber quedado embarazada… ¿le permitirías abortar? ¿Condenarías a muerte al desgraciado perpetrador? La pregunta es dura, adolece de crueldad, sin dudas, y por eso mismo remite al teísta a una doble postura de discusión y debate. En esta situación, ambas dudas de la razón, en un hombre honesto consigo mismo y capaz de sentir empatía en situaciones abstractas, son puestas en acto. La duda indirecta busca racionalizar una respuesta coherente a la creencia, mientras que la duda directa cuestiona a la creencia en base a un nuevo sentir corporal. La visceralidad de la sangre se torna contra sí misma, se revuelca en la duda absoluta… en este mismo momento el teísta ha salido de su bastión, ha abierto la puerta de su pieza de seguridad y nos ha invitado a entrar, todo esto desde el momento en que experimento el remezón del cuerpo frente a una situación concreta, potente y directa, a la vez que trágica y cruel; de tal forma que una exclamación como ¿Por qué Dios permite el mal? Cobra su sentido plenamente.
De esta forma se responde tanto la primera como la segunda pregunta. ¿Es posible trocar la duda? Sí, siempre que caminemos en un camino movedizo que tienda a confundir a sus transeúntes. ¿Es factible que una idea-fuerza golpee como un acto y desbanque a una idea-creencia? También lo es, aunque no sea tan fácil en la realidad como en el concepto.
- Conclusión
Los planteamientos de este trabajo pretendían responder, bordear y atacar el tema del “bastión infranqueable” por diversos puntos. El tratamiento no pretendió ser exhaustivo y no se halla ajeno a diversos errores o variadas ideas que pueden ser cuestionadas.
La construcción conceptual puede tener mucho sentido y coherencia para una generalidad, pero la vida misma es una particularidad. Los casos hipotéticos planteados en el texto tenían como finalidad aclarar los conceptos y no auguran ni presagian un resultado de des-conversión. Asimismo, no pretendían generar un manual de “des-conversión”, sino simplemente esbozar posibles fases que pueden darse en una discusión ateo-teísta, con las consiguientes recomendaciones sobre como impedir que el teísta se asentase en su bastión y, luego de haber invocado la “cuestión de la fe”, como si en la época medieval estuviésemos, nos arrojase flechas mientras esperamos, asediándole. El fin de este trabajo fue indicar la existencia de una puerta trasera en el bastión, que se ubicaría en el juego de la duda para, desde allí, avanzar hacia el teísta; juego de la duda que sólo podremos generar en un pantanoso terreno ético que, tal como el pantano, no poseerá fertilidad sin arduo trabajo y esfuerzo, cobrando la máxima atea “!Hazte oír!” un pleno sentido.
[1] Aristóteles, Ética Nicomaquea, Editorial Porrúa, Mexico (2007). Pag. 4
[2] Interiormente, actúa como te plaza; exteriormente, como se acostumbra.
[3] François de la Mothe Le vayer, Diálogos del escéptico, Ed. C.Plata-Ed Lite, Introducción al texto, Pag. 20
[4] Ibídem, Pag. 20
[5] En ciertos casos, razón y mente se vuelven homologables. De todas formas, el concepto de mente se comprende siempre en un sentido de amalgama con el concepto de cuerpo. Razón, por su parte, se comprende como la parte lógica que se relaciona como un aparte con el cuerpo.
[6] David Eller, Natural Atheism, American Atheist Press,
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